* Por Immanuel Wallerstein
El movimiento Ocupa Wall Street –porque ahora es un movimiento– es el acontecimiento político más importante en Estados Unidos desde los levantamientos de 1968, de los que es descendiente, o su continuación. Nunca sabremos con certeza por qué comenzó en Estados Unidos cuando lo hizo –y no tres días, tres meses, tres años antes o después. Las condiciones estaban ahí: agudas penurias económicas siempre en aumento, no sólo para quienes de verdad están golpeados por la pobreza, sino también para un segmento en perpetuo crecimiento de los pobres que laboran (conocidos también como “clase media”); una exageración increíble (voracidad y explotación) del uno por ciento más acaudalado de la población estadunidense (Wall Street); el ejemplo de enojadas insurrecciones por todo el mundo (la “primavera árabe”, los indignados españoles, los estudiantes chilenos, los sindicatos de Wisconsin y una larga lista de otros). No importa en realidad qué chispa fue la que prendió el fuego. Éste comenzó.







La democracia política presupone la existencia del Estado. Los problemas que vivimos hoy en Europa muestran dramáticamente que no hay democracia europea porque no hay Estado europeo. Y porque muchas prerrogativas soberanas fueron transferidas a instituciones europeas, las democracias nacionales hoy son menos sólidas porque los Estados nacionales son post–soberanos. Los déficit de las democracias nacionales y el déficit democrático de Europa se retroalimentan y se agravan porque, mientras tanto, las instituciones europeas decidieron transferir a los mercados financieros (es decir, a media docena de grandes inversores, al frente de los que está el Deutsche Bank) parte de las prerrogativas transferidas a ellas por los Estados nacionales. Al ciudadano común hoy le será fácil concluir (lamentablemente sólo hoy) que fue una trama bien urdida para incapacitar a los Estados europeos de desempeñar tanto sus funciones de protección de la ciudadanía contra riesgos colectivos como de promoción del bienestar social. Esta trama neoliberal ha sido urdida en todo el mundo, Europa sólo tuvo el privilegio de ser “tramada” a la europea. Veamos cómo sucedió.
Hay una disputa mundial por el acceso y control de la tierra. Una investigación en curso del Land Matrix Partnership indica que desde el 2001 en los países en desarrollo se han vendido o arrendado hasta 227 millones de hectáreas, una superficie equivalente a Europa noroccidental (Oxfam, 2011). Por lo general, la transferencia de derechos sobre la tierra se viene dando de sectores rurales vulnerables a inversionistas nacionales o transnacionales. Algunos gobiernos han tomado conciencia de las consecuencias negativas de ese proceso para su propio desarrollo y el combate contra la desigualdad. En el Perú todavía no hay indicios de que exista tal preocupación. Todo lo contrario: la cartera actual de proyectos de inversión en el sector rural, principalmente en materia de irrigación, inclinará aun más la balanza a favor de quienes más poder tienen.
