Opinión

Crónica del inicio del paro indefinido el 17 de junio 2013: Lxs Guardianes en la laguna El Perol instalan un nuevo puesto de defensa.

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PDTG  Perú.-

"...la sangre del pueblo tiene rico perfume, huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas, a pólvora y dinamita, carajo! a pólvora y dinamita, carajo! a pólvora y dinamita..."

Cantando Flor de Retama, así como otros huaynos y carnavales cajamarquinos de lucha, abrigamos la noche del 17 de junio, allá en las alturas, alrededor de la Laguna El Perol. A punta de cañazo y hoja de coca fuimos resistiendo el frio, la lluvia y la helada de la puna a más 4000msnm. La emoción y la conciencia de estar apostando por una lucha justa y necesaria vencían al hambre y el cansancio físico producto de las largas horas de viaje y andar desde Celendín.

A tempranas horas de la mañana nos encontramos con miles de campesinos y campesinas que llegaron en camiones y camionetas, en moto, a caballo y a pie desde las provincias de Celendín, Hualgayoq y Cajamarca, todas ellas afectadas por el proyecto minero Conga. Era un río de ponchos y sombreros que se reunía en la tranquera que controla la policía nacional a pocos metros de la Laguna Azul. Siguiendo la lógica "el mundo al revés" nos encontrábamos delante de una carretera pública en la cual el Estado invierte día y noche en servicios policiales para que bloqueen el paso de transporte a todo el mundo menos a la empresa privada Yanacocha. Muchos encuentros en las lagunas terminan con brutal represión. Sin embargo esta vez, por alguna razón estratégica no habían recibido la orden de reprimir hasta matar, así que emprendimos nuestro rumbo tranquilxs, pasamos por sus espaldas y continuamos caminando por lo menos dos horas hasta llegar a la Laguna El Perol, la cual quieren transvasar para convertirla en uno de los tajos abiertos del megaproyecto minero Conga.

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¿Quién es indígena?

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Martes, 18 de junio de 2013 | 4:30 am

Por: Rocio Silva Santisteban

"Ahora la palabra indio me parece que ya tiene un sustento más justo, un contenido más justo; indio ya quiere decir hombre, económica y socialmente explotado y, en ese sentido, [...] en el Perú, todos somos indios de un pequeño grupo de explotadores". Esas son las reflexiones de José María Arguedas para tratar sobre el gran tema de dominación de nuestro país desde ese mortífero encuentro en Cajamarca: la imposición de los españoles sobre los incas en un reguero de sangre y humillaciones sostenidas durante siglos. Este proceso que Aníbal Quijano denomina la colonialidad del poder, es decir, la institución sobre el racismo de la distribución del trabajo asalariado, no asalariado, explotador, servil y considerar que la dicotomía civilización-barbarie no era solo una clasificación espacial sino temporal: los de "antes" eran los primitivos, los de "ahora" son los civilizados. Por eso el indígena vivía en un "antes" y tenía que ser civilizado para vivir los tiempos que corren. "El indígena es visto como un ser carente: le falta civilización, le falta moral, le falta Dios" ha sostenido Alberto Chirif en un taller de Pueblos Indígenas la semana pasada.

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La sociedad de la descolonización

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Por: Raúl Zibechi

Via La Jornada de México

En principio todos estamos contra el colonialismo y contra el patriarcado. Todos defendemos la necesidad de la descolonización y la lucha antipatriarcal, tanto en el pensamiento crítico como en la actividad concreta. Es casi imposible encontrar personas, por lo menos en la izquierda y en los movimientos, que defiendan el machismo y el eurocentrismo colonialista. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas cuando se trata de aceptar que el otro, y la otra, son sujetos autónomos. Sobre todo si son indios, negros y pobres.

El colonialismo se nos cuela en el alma y en el cuerpo alentado por inercias tan invisibles como el propio patriarcado. Las opresiones, a diferencia de la explotación, no pueden medirse como se mide la tasa de ganancia o la plusvalía. Son relaciones que nos atraviesan, nos modelan, están tanto fuera como dentro de nosotros y, por lo tanto, no se pueden combatir sin involucrarse integralmente. Sin embargo, la opresión es tan estructural como la explotación capitalista y sus efectos no son menos dañinos.

El sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel recupera parte del análisis de Frantz Fanon, quien divide el mundo en dos: la zona del ser y la zona del no ser. El complejo entramado de jerarquías de poder puede, en última instancia, reducirse a dos jerarquías que son las que determinan las demás. La opresión racial es el nudo que permite distinguir ambas zonas. Mientras en la zona del ser se reconoce la humanidad de las personas, en la del no ser esa humanidad es negada.

 

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LA EDUCACIÓN Y LOS LGTB

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Por: Verónica Ferrari

Vía: Diario 16

En el colegio nunca me hablaron de eso. En mi casa tampoco. Cuando era pequeña podía ver el desprecio que se cernía sobre lesbianas, gays y transexuales, incluso en mi propia familia, y a los siete años, cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas, imaginé el mismo desprecio sobre mí. Era una niña muy pequeña y llena de miedo, no se lo dije a nadie, ni a mi hermana mayor por un año, ni a mi mejor amiga, ni a mi madre. Quería que me siguieran queriendo y silencié totalmente ese aspecto de mi vida, así que traté de ser lo más "normal" posible. Y tuve muchos enamorados e incluso conviví con el papá de mi hija por muchos años, pero vivía con una insatisfacción terrible que trataba de llenar con lecturas, películas y estudios. Tratar la mayor parte de tu vida de ser alguien que no eres no es justo para nadie. Porque lo que yo sentía era real, no era una abstracción ni una hipótesis, estaba en mí y todos los días trataba de matarlo, para que otros me quisieran, me respetaran y me trataran como a un igual. Y eso era lo que yo quería ser: igual.

Ya adulta y con una hija a mi lado, pude comprender lo que me pasaba, aceptar mi lesbianismo y empezar a ser realmente feliz. Pero toda esta infelicidad pudo haberse evitado si a mí me hubieran hablado de la homosexualidad sin complejos ni prejuicios. Si me hubieran dicho que valía tanto como cualquier heterosexual siendo lesbiana, si me hubieran educado en respeto, amor y comprensión hacia los demás y hacia mí misma. Pero no, nuestra educación es una educación que niega al ser humano al no reflejarlo. Lo que yo sentía y quería, dentro del currículo educativo, era nada. El colegio, al no referirse nunca a mi existencia y a la existencia de millones como yo, solo aumentó mis dudas y temores a niveles exponenciales que hicieron de mi vida, y de la vida de millones, una jaula de la que no podíamos escapar.

 

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Resistencia en los Andes a la minería

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Por: Raúl Zibechi*

Vía: Programa de las Américas

Una de cada cinco hectáreas del Perú ha sido entregada a las multinacionales de la minería, así como la mitad de las tierras de las comunidades campesinas e indígenas de la sierra andina. La gente común y la naturaleza son las más afectadas por la voracidad de grandes empresas que acumulan oro, plata y cobre en el altar de la especulación. La forma como la población se viene movilizando muestra cambios de fondo en la acción social.

"Fuimos aplastados por 20 años de guerra interna", dice Hugo Blanco, veterano dirigente campesino quechua que protagonizó la lucha por la recuperación de tierras en la década de 1960 en Cusco. Ahora se muestra optimista: "El conflicto de Conga primero y ahora el de Kañaris nos muestran que la lucha social avanza, aunque por otros caminos, a través de grupos locales que son más representativos de las luchas reales que las viejas centrales que están por los suelos"[1].

Perú es un país minero. Desde la Colonia la explotación de las minas reconfiguró el mapa social y político de los pueblos originarios que habitaban la región andina. En las últimas décadas la minería se reflejó incluso en las artes y en la literatura, su huella fue particularmente intensa entre los campesinos, como lo muestran las novelas de Manuel Scorza, uno de los más destacados escritores peruanos[2]. Pese a ello la lucha contra la minería no ocupó un lugar destacado en el imaginario peruano.

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